¿QUIÉN HABLA EN NOMBRE DE LOS JÓVENES?

Según un estudio publicado por José Rodríguez Carrión, director del grupo universitario de investigación social, publicado en el país, el 20 de marzo de 2010, los adolescentes (entre 12 y 16 años) tienen peor imagen de sí mismos de lo que son en realidad, debido a que esa imagen es construida por los adultos que han olvidado que también han sido adolescentes. Esta apreciación suscita una reflexión importante y es que desde los medios de comunicación de masas se ha fabricado un estereotipo de los jóvenes (a los que incluso se les llega a denominar como “generación ni-ni”). Se trata de un icono, de alguna manera, parcial, puesto que se resalta el desinterés de los jóvenes por la política o por su pasividad, obviándose una serie de valores de gran relevancia como su actitud frente a la inmigración, su interés por la familia y la amistad frente a los asuntos económicos, su tolerancia, su solidaridad o su interés por la justicia social en la construcción de un mundo pacífico.

            La imagen de los adolescentes respecto a la red, es la imagen de consumidores compulsivos, de adictos a las nuevas tecnologías, ávidos por acaparar nuevos productos o nuevas innovaciones, sin que se tenga en cuenta la otra imagen, la de aquellos jóvenes y adolescentes con iniciativas, creadores de mensajes con valores, merecedores de otro tipo de consideración en un contexto globalizado. Pero ¿a qué se debe esta discriminación?, ¿por qué no escuchar la voz de la juventud?, ¿quién hablará en su nombre? No se tiene en cuenta lo que la Sociedad ofrece a los jóvenes, a los que se les priva de expectativas de futuro, con una imagen depauperada de la política que se reduce a la competencia desleal de partidos, cuyos gobernantes lejos de solucionar problemas, los agravan o con unos modelos consumistas despersonalizados. Tal vez lo que suceda es el que “El sistema”, entendido como una especie de entelequia dotada de autopoiesis, intenta perpetuarse a si mismo, y en él no tienen cabida otro tipo de planteamientos, sencillamente porque no interesan.

EN RELACIÓN AL CONCEPTO “GENERACIÓN NET”: REFLEXIONES

Desde el pensamiento de un inmigrante digital, como el que, en esta ocasión, suscribe, resulta confuso referirse con objetividad al mundo de los adolescentes en relación a las nuevas tecnologías, por tratarse de un grupo social que encierra un pensamiento propio a la hora de transitar por la red. Parece una vieja costumbre la de añadir adjetivos al nombre «generación», como podemos comprobar con las conocidas etiquetas «generación perdida», «generación x», «generación y» o «generación net». Pero ¿son diáfanas las características que las definen? ¿pueden llegar a solaparse hasta el punto de que sean indiferenciables?, ¿son definiciones cerradas o pueden, al contrario, sufrir mutaciones significativas en el tiempo?.

            Se acepta un marco de edad para circunscribir a la «generación net» en un mundo globalizado, pero ¿qué ocurrirá, por ejemplo, dentro de 20 años?, ¿seguirá denominándose del mismo modo? Pensemos que los actuales propietarios del nombre serán relevados por nuevas generaciones con esquemas, planteamientos, hábitos y modos de entender la tecnología, previsiblemente muy distintos a los actuales

            La difusión masiva de las NTICs ha tenido su eclosión durante los últimos 20 años, periodo durante el cual toda una generación ha crecido en la práctica habitual de los nuevos medios (móvil, internet, videojuegos, TDT, etc.) creándose al tiempo una «brecha digital» respecto a las generaciones precedentes. Pero si proyectamos el conocimiento que tenemos del pasado hacia el futuro podemos vislumbrar innovaciones cada vez más profundas y vertiginosas. En esa tesitura para poder establecer comparaciones intergeneracionales tendríamos que pensar indefectiblemente en nuevas «generaciones net» surgidas en lapsos temporales cada vez más cortos, o pensar  en inminentes «brechas digitales» cada vez más profundas entre dos generaciones consecutivas.

            La denominación «generación net» puede ser válida, pero a la vez evanescente  (como el propio mundo digital) y, en cualquier caso, si llegase a sobrevivir, habría de ser permanentemente reconceptualizada para adoptar nuevos roles y significados.